Y pensó en muchas cosas, se preguntó por qué existían tantas estrellas, qué sentido tenían. Se preguntaba si el destino las había puesto en el firmamento como un simple adorno. Era indudable que no, que en alguno de aquellos minúsculos astros debía existir otro lugar habitado. Resultaba absurdo que únicamente un planeta de todo el universo tuviese vida inteligente. Forzosamente debían existir más. Pero ¿cuáles? Se divirtió imaginando cómo podría ser la vida en esos mundos, a lo mejor eran seres grotescos, como los que aparecen en los cómics, o quizá tuvieran cierta similitud con los hombres. A lo mejor eran unos tipos altos y de largos cabellos, viajando a bordo de sofisticadas naves, como esos que tantas veces se han creído ver a lo largo de la historia, o tal vez fuesen invisibles. ¿Sería esa piedrecita del jardín un ser venido de otro sistema solar? ¿Lo sería acaso el grillo que frotaba sus élitros bajo el macizo de petunias? No, eran demasiado simples, excesivamente torpes para haber atravesado el espacio intergaláctico.

Bostezó y volvió a la cama. Poco a poco el niño fue quedándose dormido, con la ilusión de que en el planeta Sceoris pudiera materializarse algún día el sueño de contactar con otras civilizaciones de las galaxias vecinas.
© Juan Ballester
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